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Por Madrid que no quede

Isabel Díaz Ayuso recuerda que las medidas defendidas por la Comunidad de Madrid han acabado siendo imitadas con el tiempo por el resto de administraciones española



Esta terrible pandemia casi nos hace olvidar la acumulación de catástrofes que hemos tenido que afrontar en la Comunidad de Madrid en muy poco tiempo. El pavoroso incendio en el suroeste madrileño el verano pasado. El de Robledo de Chavela este agosto. Las riadas en Arganda el otoño pasado. Las inundaciones de octubre, por culpa de la borrasca Bárbara.


Y ahora, en enero, una nevada y una helada posterior como no se recuerdan otras.


Todo, en medio de varias olas de la pandemia, que se ha cebado especialmente con Madrid. Se olvida que por su condición de capital, hub de comunicaciones y logística, densidad y movilidad de la población, y como motor económico y segunda casa de toda España, Madrid es especialmente vulnerable a una pandemia.


Ha sido un año de gestión política que, como Gobierno regional, equivale a más de lo que muchos ejecutivos viven en dos legislaturas completas.


Al mismo tiempo, el presidente del Gobierno de la Nación parece, por decirlo serenamente, olvidado de España, ensimismado en su afán de poder y consentidor de todo tipo de maniobras para minar el orden constitucional salido de la Transición.


Ante un virus eugenésico, que cruelmente se ha llevado y nos sigue arrebatando a nuestros mayores y a los más vulnerables, al tiempo que compromete la prosperidad que hemos alcanzado en estas décadas de democracia, el Gobierno de Sánchez sólo conoce la urgencia para aprobar (sin debate, ni consenso, ni controles, ni respeto por la separación de poderes) leyes ideológicas innecesarias. De la Ley de Eutanasia a la Ley Celaá, pasando por el intento de control del Poder Judicial, o una batería de leyes para politizar la vida más íntima y convertirla también en motivo de división entre españoles.


El presidente sólo aparece de cuando en cuando a dar homilías o lanzar consignas

En las cuestiones apremiantes, el presidente sólo aparece de cuando en cuando a dar homilías o lanzar consignas. Aún no he conseguido que atienda a mis peticiones para la Comunidad de Madrid.


Esta huida de la acción política y la gestión, suplantadas por la propaganda, van unidas a una campaña masiva contra cualquier acción de nuestro Gobierno para afrontar todas las calamidades que Madrid lleva sufridas en estos apenas doce meses.

Las campañas mediáticas han llegado al esperpento y a un automatismo que impide cualquier análisis sereno o la aportación de críticas constructivas para salir adelante en una encrucijada como la que nos encontramos, junto con España y el mundo entero.


Se ha jugado irresponsablemente a generar desconfianza ante cualquier medida que, antes que nadie, hemos ido tomando desde el Ejecutivo madrileño. Para acabar imitándolas pocos meses después al ver que eran eficaces o que recibían el respaldo (cuando no alabanzas) de otros países.


Desde las mascarillas que eran "demasiado buenas" (justo del tipo que ahora se pide en Alemania y Francia que se use en exclusiva), la cartilla Covid (que con la vacunación se propone en el mundo entero y por nuestro Gobierno de España) o el hospital de IFEMA, que dio lugar al Enfermera Isabel Zendal, hasta la apertura de colegios (que han resultado ser los lugares más seguros, donde los niños y sus profesores y demás personal nos han dado ejemplo a todos) o el mantener abiertas las artes y la cultura (hecho que ha admirado al mundo).


Los mismos que llevan años manipulando e instrumentalizando las cifras de pobreza y desigualdad en la Comunidad de Madrid, y que alegaban que dicha pobreza se traducía en un deterioro de la salud física y mental, ahora quieren hacernos pasar por monstruos sólo preocupados por la economía, en detrimento de la sanidad.


Como si ahora no fueran unidas la salud y la prosperidad. Como si un mayor deterioro del empleo, el aislamiento de los niños sin clases, el endeudamiento para varias generaciones, el cierre de negocios y, con ellos, el proyecto de vida de familias enteras, o la destrucción del turismo y del tejido productivo, comercial y de servicios, no repercutiera enormemente en la salud física y mental.


¿Cómo pueden olvidarse ni por un momento las condiciones tan especiales de la economía madrileña y lo que supone para el bienestar nacional? Hoy en día, si Madrid se para, se para España. ¿Cómo se podría reactivar de nuevo? ¿A qué coste de vidas?


Son pues tres los valores que están en juego y que dependen cada uno de los otros dos: la vida, la libertad y la prosperidad. Esta última no es dinero, no es la economía fría e impasible. Es el pan de cada familia, su medio de vida, que les hace libres, no dependientes de nadie, y les hace ser ellos, que sus vidas lo sean plenamente.


Esto nos lleva al gran problema de cómo afrontar la pandemia y los demás desastres, especialmente cuando son tan prolongados y dañinos. La ciudadanía se vuelve hacia sus poderes públicos en busca de soluciones y lleva buena parte de razón: hacemos todo lo que podemos, aunque debemos hacer mucho más y mejor.


Pero se ha dicho una y otra vez (sobre todo por parte de quienes tenían más afán de ostentar el poder que de ejercerlo para solucionar problemas) que debían mandar los expertos científicos.


Pero cada vez queda más claro que estamos ante un problema social, político en el sentido más profundo. Que afecta a desde las costumbres familiares, hábitos higiénicos y de consumo, estados de ánimo, la economía, la calidad de la información y cómo se consiga hacer llegar esta, hasta a la logística y los transportes o las relaciones internacionales. Una pandemia es mucho más que un problema de salud.


Necesitamos, más que nunca, de la sociedad, en su sentido más profundo. Y los dos peores enemigos de una sociedad (que es un proyecto de vida en común) son el socialismo y el individualismo.


El primero anula a las personas, a cada una, y las hace dependientes e incapaces, convertidas en instrumentos de viejas y nuevas luchas de clase. El individualismo está enfermo de egoísmo y, por lo tanto, está ciego para la realidad. Para el otro y para uno mismo, que no se entiende sin su familia, sus amigos, su pueblo o ciudad, su región, patria y cultura.


Sólo nos salvaremos juntos, sin dejar a nadie atrás. No cabe que ningún responsable público deserte de sus deberes. Pero se equivoca quien crea que podemos permitirnos prescindir de su responsabilidad individual, personal.


No cabe dejarse limitar por prejuicios ideológicos. Aquí no sobra nada ni nadie, ni lo público ni lo privado. No hay vidas menos valiosas ni cuya pérdida sea menos dramática, tengan la edad que tengan. No hay proyecto de vida insignificante, porque es el de cada uno.


Necesitamos el esfuerzo de todas las administraciones, de todas las regiones y países. ¿Dónde estaríamos en esta pandemia sin la Unión Europea, con la que no simpatizan algunos? ¿O, aunque no se caiga en la cuenta (pero no se olvide lo fácilmente que las crisis profundas derivan en conflictos), sin la OTAN, la más odiada por otros?

Las ideas han de estar al servicio de las personas y no al revés. Y esas ideas han de demostrar cada día su eficacia o se convertirán en impedimento, o en algo peor.


Todas las calamidades que hemos padecido y vamos superando estos meses demuestran la buena salud de la sociedad madrileña, de sus instituciones, que son las de todos los españoles, de la denostada Constitución, de su economía y sistema sanitario y de emergencias, escolar, de transportes, de sus funcionarios…


No podríamos hacer nada sin el apoyo de España entera, desde el rey a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado o los demás gobiernos autonómicos. Y no perdemos la esperanza de que el jefe del Ejecutivo se una en el empeño que de verdad nos importa a todos: salvar Madrid y salvar España.


Como ha ocurrido siempre en la historia, por Madrid no va a quedar.


Tribuna de Isabel Díaz Ayuso es presidenta de la Comunidad de Madrid publicada en El ESPAÑOL

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